Por el
cruce de las estrechas calles que forman la pequeña plazuela del Carmen, sube
casi siempre un ligero vientecillo que, a media tarde, alivia el agobiante
calor de agosto. En medio hay una gran encina centenaria que nadie cuida y que
sirve de cobijo a cientos de pajarillos que no dejan dormir en cuanto despunta
el alba.
La
“tía Anastasia, la colmenera” ha sacado, como todas las tardes, una silla a la
calle. Con un gesto cansino se ha sentado trabajosamente, dejando caer sus
desparramadas carnes sobre la anea y ha recostado su cabeza en un saliente de
la ventana. En su mano izquierda los restos de lo que en su día fue un abanico
de colores y que agita, como puede, sobre su sofocada cabeza.
La
“tía Anastasia, la colmenera” viste de luto hace treinta y dos años, desde que
a su Valeriano le picaron las abejas hasta matarlo. Con un fuerte nudo a la
espalda sujeta un delantal azul oscuro, al que se le puede adivinar aún media
docena de lunares verdes. Tiene los ojos hundidos, la nariz demasiado pequeña,
pero sin llegar a ser chata, y una mueca casi perpetua que le hace aparecer
sonriente aunque no lo esté. En el conjunto de su voluminosa naturaleza destaca
su pelo blanco como la nieve, adornado con dos largas horquillas negras
colocadas a cada lado de su cabeza, cerca de las sienes. Alardea a menudo,
delante de todo el que la quiere escuchar, de su fuerte cabellera a la que lavó
por última vez el día de su boda y no se le cae ni un solo pelo.
Junto
a ella, acerca otra silla la “tía Hilaria, la mimbrera” que se ha sentado,
ostensiblemente, con las piernas abiertas, en los campos de mimbres, entre las
cuadrillas de segadores era más fácil abrir las piernas para mear que levantar
mandiles y sayas delante de no pocos ojos avizores y la costumbre se le quedó.
Ha apoyado la cabeza contra la encalada pared de la casa, resoplando con fuerza
por el calor reinante. Tiene la cara redonda y morena por el sol “la tía
Hilaria, la mimbrera”, la nariz afilada y los ojos pequeños y tristes. Luce una
intensa sombra sobre su labio superior lo que le da ciertos rasgos hombrunos.
Recoge con una cinta su pelo negro que lava una vez al mes y se le cae
constantemente. Anda no si con dificultad porque los dedos gordos de sus pies
se le montan en sus vecinos y le duelen, aunque los lleve asomados por los
agujeros que se ha hecho en las punteras de las zapatillas. Viste de luto desde
el mismo día que “la tía Anastasia, la colmenera”.
Tose
mucho y casi de continúo, con esa tos ronca que sale de las entrañas y es que
“la tía Hilaria, la mimbrera”, fuma. Don Mariano, el único médico de la
comarca, se lo ha prohibido tajantemente pero no le hace caso. Su marido, “el
tío Paulino, el mimbrero”, la enseñó a liarle los cigarros de cuarterón y ya se
sabe lo que pasa por estar cerca del fuego. A él le cayó de lleno en las
gracias eso de que su mujer fumara y no le dio la menor importancia al asunto.
“La mimbrera” sabe leer, con esa lentitud
propia del que sólo junta las letras y de vez en cuando coge las hojas de algún
periódico que encuentra en las calles y los repasa concienzudamente en voz
alta; “la tía Anastasia” no sabe leer y por eso la envidia, aunque piense que
más vale no enterarse de nada. Entre tos y tos recuerda que fue su Paulino que
además del enviciarla con el tabaco la enseño, pero a ella le gusta dejar creer
que en sus tiempos de mocedad tuvo unos agitados amoríos en la era a los que se
entregó apasionadamente y, entre pasión y pasión, aprendió el abecedario.
Las
dos mujeres enviudaron un mismo día, un triste día, de septiembre de hace una
treintena de años cuando “el tío Valeriano, el colmenero” y “el tío Paulino, el
mimbrero” se despeñaron con el carro en el cerro de “la Zorra” cuando iban de
faena de la miel. Aunque la caída no fue mortal de necesidad, nueve colmenas se
desparramaron contra las piedras y los enjambres acabaron con ellos y con
“Pinzón”, el burro que llevaba la carga. Tres días tardaron en bajar a por
ellos hasta que los malditos bichos se dispersaron haciendo sus nidos en los árboles
de la zona.
Y
se quedaron sin hombres, sin abejas, sin burro y sin carro de un día para otro.
“La tía, Anastasia” quedó en su infortunio con “el Saturnino” de seis años,
feo, escuálido, nervioso, moreno y sano y “la Marina” de dos años, blanca,
gorda, llorona y mocosa pero que, por si las desgracias no fueran solas, murió
al año siguiente por culpa de unas fiebres que según algunos le pegaron los
cerdos.
“La tía Hilaria” quedó con “el Pascualín” de ocho
años, fuerte, colorado, tranquilo, comilón y bruto. Antes de la desgracia, a
ninguna de las dos les faltó que comer porque la miel y el mimbre daban lo
suficiente como para sacar la familia adelante, pero a partir de ahí todo
fueron penurias y agobios lo que les hizo tomar una drástica solución, pensando
más en los hijos que en lo se les podía venir encima. “La tía Anastasia, la
colmenera” malvendió la casa, el corral, dos docenas de olivos, dos colmenas
que quedaron en el almendral, cogió “al Saturnino y a “la Marina” y se fue a
vivir a casa de la “tía Hilaria, la mimbrera”, donde había más espacio para
todos.
El
trato fue bueno, aunque no sus consecuencias, para poder salir adelante ya que
una cortando mimbres y la otra con las faenas del hogar pudieran juntas
afrontar la miseria en la que habían quedado. Así pues, una casa, un jornal, un
puchero…una dentro y la otra fuera, como un matrimonio bien avenido, fue motivo
suficiente para que las envenenadas lenguas tuvieran motivo más que de sobra
para que se soltaran a los cuatro vientos.
Con
los primeros dineros compraron alpargatas para todos, una botella de vino, un paquete
de cuarterón y papelillo y aún les sobró para llenar la alacena; pero para los
demás tanto “lujo” es difícil de sobrellevar si se carece de lo más necesario y
pronto, comenzaron las murmuraciones y tras de ellas las coplillas que poco a
poco fueron destrozaron la vida de las dos viudas.
Si pretendes a la Anastasia
ten cuidado
con lo que digo,
que aunque
parece ques viuda
en la cama
tie marido.
Si pretendes
a la Hilaria
vas a tener
que trabajar,
para
comprarle tabaco
vino y sabe
Dios qué cosas más.
Don
Braulio, el señor cura, les dio tres sabios consejos para sobrellevar la carga:
paciencia, resignación y mucha…sobre todo mucha castidad. El cabo de la
benemérita las llamó al orden, no sí antes haberse insinuado a las dos, por si
había suerte y le caía algo. El señor alcalde, don Gilberto, las llamó a su
despacho y con poca educación y menos delicadeza, las vino a insinuar la
conveniencia de abandonar el pueblo porque aquel era un lugar honrado y no
había lugar para escándalos de esa magnitud. Doña Virtudes, la defensora a
ultranza de la honestidad y las buenas costumbres, movilizó a las fuerzas vivas
de la Congregación del Santo Cristo del Amor Fraterno y la no menos gloriosa
Virgen de la Caridad Cristiana y se fueron a pedir, en la Plaza Mayor, la
cabeza de tan pecadoras vecinas, unidas por quién sabe qué degenerados y
malignos instintos carnales.
A
raíz de tanta pública manifestación Pablito, el hortera de la tienda de
ultramarinos “La Ribereña” dejó de fiarlas. Don Remo, el del estanco, se negó
en redondo a venderles cuarterón. Y en casa de doña Patrocinio, novedades y
regalos “La Moderna”, no pudieron seguir comprando alpargatas y mandiles. En la
iglesia, los domingos las comadres evitaban sentarse en el mismo banco y poco a
poco se vieron obligadas a abandonar su apego cristiano, sólo para evitar las
miradas inquisitorias; mientras don Braulio, el señor cura, desde el púlpito
sermoneaba a los fieles sobre amor fraterno, sin dejar pasar la ocasión de
dejar caer alguna pildorita sobre los desviados amores carnales. Más de una
puerta o ventana se cerraron estrepitosamente a su paso por las callejuelas. Y
algún chiquillo, empujado por la maldad adulta les lanzó, en más de una ocasión
piedras a las ventanas. El médico, por el qué dirán, no las atendía en su
consultorio, sino que las visitaba cada quince días y por la noche, más que
nada para ver a los críos y, más secretamente, para ver a “doña Hilaria” que
por aquel entonces estaba de muy buen ver y además se la veía con ganas de
pegar la hebra con el galeno.
Aunque
la situación con sus vecinos era insoportable, no les quedó más remedio que
hacer de tripas corazón, pero les trajo muchos inconvenientes en su vida
diaria. Entre ellos el que cada siete días, coincidiendo con la cobranza del
jornal, tenían que hacer camino, siete kilómetros de ida y otros tantos de
vuelta, para traer, empujando una carretilla, lo más necesario a la casa.
A
la “tía Hilaria”, leré
le
ha salido bigote.
A
la “tía Hilaria, leré
en
el escote.
A
la “tía Anastasia”, leré
le
ha salido novio.
A
la “tía Anastasia”, leré
con
un gran coño.
Más
de cinco años tuvieron que esperar a que las aguas volvieran a su cauce y
cesaran los chismorreos y desatinos, que se fueron apagando más por
aburrimiento que por la buena voluntad de las gentes. Pero desde aquello, las
dos mujeres quedaros marcadas de por vida como “las mamarrucas”.
“Saturnino, el colmenero”, tiene treinta y
ocho años. Es feo, escuálido, nervioso, moreno y sano. Trabaja en los hornos de
cocer mimbre a una temperatura insoportable y se le ha puesto la piel negruzca
del humo y huele a húmedo. A Saturnino le dejó la mujer para irse con un gitano
señorito tratante de mulas y se llevó con ella a la niña Antonia de apenas seis
meses. Saturnino es asiduo cliente de la taberna de “Braulio, el tapas” donde
se deja el jornal intentando olvidar lo que no puede. También es asiduo
visitante del calabozo del cuartelillo, por romper a más de uno, una botella de
vino en la cabeza por decir en voz alta: “Aquí huele a mamarruco”.
“Pascualín, el mimbrero”, tiene cuarenta años.
Es fuerte, colorado, tranquilo, comilón y bruto. Está soltero porque el buey
solo bien se lame, pero se come con los ojos a las mozas que bajan a la romería
en honor de la patrona. Trabaja en lo que le sale, pero es más aficionado en
llevar rebaños ajenos por los contornos donde crece el pasto, además de
encontrarse apartado de los que le llaman “mamarruco”. “Pascualín, el mimbrero”
bebe para olvidar lo que ya tiene más que olvidado.
Al
Saturnino la han puesto
miren
señores,
unos
cuernos tan grandes
como
camiones.
Al
Pascualín le gusta
beber
a morro,
al
Pascualín le gusta
mear
a chorro.
La
tarde pasa. El sol hace rato que se ha ocultado tras el cerro de “La Zorra”.
Las sillas se retiran de la calle. Las dos mujeres saben, de sobra, que una
noche más las tocará cenar solas. Los chicos no vendrán hasta que encuentren el
camino a casa, después de haber pasado por la tasca de Braulio como es su
costumbre.