A
esos hijos, que ahora son padres, que trabajan de sol a sol, en ocasiones en
labores que no les gustan, para sacar a sus familias adelante. A esos hijos,
que ahora son padres, que ahogados por las deudas nunca se quejan de su
situación. A esos hijos, que ahora son padres, que se privan de sus caprichos y
aún más de sus necesidades para poder dar a sus hijos una enseñanza adecuada. A
esos hijos, que ahora son padres, que además de sus cargas familiares, cuidan a
los abuelos porque los aman y no porque no tienen salida para ellos, o lo que
es peor por intereses de herencia. A esos hijos, que ahora son padres, que no
“aparcan” a sus proles sobre los hombros de los abuelos quitándoles la poca
libertad que pudieran disfrutar. A esos hijos, que ahora son padres, que no
exprimen a sus progenitores para poder llegar a fin de mes. A esos hijos, vaya
por delante todo mi respeto, admiración y cariño.
En
numerosas ocasiones, los hijos plantean su vida de tal forma que no se dan
cuenta de lo que les viene encima y se encuentran, sin comerlo ni beberlo,
inmersos en una situación que no pueden controlar, ni mucho menos superar.
Uno
de los problemas que tiene esta vida es que llegamos a ella sin traernos,
debajo del brazo, el manual de instrucciones de su funcionamiento y en su
transcurso pasamos por situaciones que no sabemos cómo resolver. La dificultad
mayor con la que nos topamos, es saber ser padres. Esta “profesión” para la que
no existe una buena escuela de aprendizaje, es la más complicada de todas las
que se pueden estudiar en escuelas o universidades. ¿Por qué?, pues porque en
el día a día se presentan problemas nuevos para los que no se pueden aplicar
soluciones aprendidas anteriormente, ya que cada uno de nosotros es un mundo y
la mayor parte de las veces, un mundo desconocido.
La
experiencia que nos pueden dar los mayores, es, en muchas ocasiones, el camino
para encontrar una salida, pero nunca será la solución correcta. No olvidemos
que: ¡nadie escarmienta en cabeza ajena! Por ello seremos nosotros los que, con
el paso del tiempo y nuestra creciente, cada día, madurez deberemos controlar
la situación para no dejar que nos hunda en la miseria.
Los
hijos, son propiedad intransferible de los padres y desde el momento que uno se
plantea el tenerlos, debe tener en cuenta su propia situación no sólo
económica, si no laboral y de pareja para que luego no caigamos en los lloros y
el crujir de dientes, en la desesperación y la amargura, en el arrepentimiento
del... ¿si yo hubiera sabido esto... a buena hora...?
La
responsabilidad por nuestros actos, hay que adquirirla desde el primer momento
que tomamos una decisión que nos afectará durante toda nuestra vida; pero no
sólo a nosotros si no también a nuestros hijos... y porque no decirlo, también
a los abuelos.
Por
los hijos hay que velar, darlos de comer, vestirles, educarlos, enseñarlos y
cuanto mejor hagamos nuestra labor más grande será nuestro orgullo por haberlos
traído al mundo. No se puede echar mano en el camino de personas que, aunque
les adoren, no les van a dar de la misma manera todo lo que nosotros, como
padres, queremos para ellos, me refiero, principalmente, a la educación. Los
abuelos, generalmente, son demasiado permisivos con los nietos y tratan de
darles todo aquello, que por diferentes causas, tuvieron que negar a los hijos.
Pero con esa aptitud no se suelen dar cuenta que lo único que consiguen, en
numerosas ocasiones, es educar a nietos caprichosos, consentidos, egoístas,
gritones y malgeniados.
Por
otra parte, los hijos no son un objeto de cambio ni negociación. No se puede
jugar con ellos, como tantas veces vemos que se hace en procesos de divorcio o
separación, por eso antes de tomar la decisión de tenerlos, hay que contar con
que la pareja esté lo suficientemente consolidada y madura para saber cómo
vamos a actuar cuando nos surjan, entre otros, problemas en su crianza y
educación.
Los
hijos nunca pueden ser una carga para los padres que, un día fueron también
hijos, ahora les toca tirar del carro con todas sus consecuencias. Ellos son la
alegría en la vida de los padres y el renacer de los abuelos, cuando pueden
disfrutar de ellos en toda su plenitud.
Por
todo ello cuando uno decide ponerse a “trabajar” en la profesión más complicada
de la vida debe, por lo menos, planificarla con tiempo y perspectiva de
futuro, para que pueda desarrollarla con eficacia y no dejar que ni las
discusiones de pareja, ni las hipotecas, ni las deudas, ni, lo que sería peor,
la monotonía, acaben con la ilusión de lo más bonito que se puede hacer en esta
vida: criar y educar a los hijos.
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