lunes, 8 de febrero de 2016

LOS ABUELOS

A esos abuelos que van por la calle arrastrando, como pueden, sus maltrechos huesos atenazados por la maldita artrosis mientras empujan con una mano un cochecito de bebé y, con la otra, tiran del carrito de la compra... A esos abuelos que con la mayor paciencia del mundo, luchan a diario para que el nieto se coma la fruta de la merienda... A esos abuelos que, sin necesidad de ello, se tienen que levantar a las seis de la mañana para recibir al “meoncete”, cambiarle los pañales cien veces al día, bañarle, darle sus cinco comidas y tener cuidado para que no sufra ningún daño... A esos abuelos que aguantando la lluvia y el frío, que les retuercen las articulaciones, van a la hora del colegio a llevar o traer a la criatura, mientras, en muchas ocasiones, cargan en brazos a otra... A esos abuelos a los que se les ha destrozado la vida de jubilados, cargándoles con una obligación que no les correspondía... A esos abuelos, vaya por delante todo mi respeto, admiración y cariño.

Los abuelos tienen el derecho y la “obligación” de disfrutar de sus nietos ya que, seguramente, no pudieron hacerlo con sus hijos. Los abuelos deben ayudar a educar a sus nietos, jugar con ellos, contarles historias y transmitirles, en lo posible, todas sus vivencias para que se sirvan de ellas cuando les toque enfrentarse a la dura realidad de la vida.
Pero, no nos engañemos, disfrutar de los nietos no es criarlos. Hacerse cargo de los más pequeños, cuando se tiene cierta edad, es, seamos sinceros, una carga.
Soy consciente de que esta opinión, me va a enfrentar a otras muchas contrarias que, seguramente, opinen que esta segunda oportunidad de criar ahora a los nietos, les ha devuelto la alegría a sus vidas. Pero no me refiero, que quede bien claro, a la alegría de tener nietos, si no a la carga que supone tener que volver a empezar, en un momento de la vida en la que se está más para recibir cuidados que para darlos.
Los hijos, siempre hay excepciones, no suelen planificar sus vidas con vistas al futuro; tampoco suelen pensar demasiado en las consecuencias de sus actos y, mucho menos se hacen cargo de la situación de sus padres.
Y con un considerable bagaje de despropósitos se lanzan a la aventura de la paternidad, sin darse cuenta que hay que pagar una hipoteca que les ahoga, unas letras interminables de bienes adquiridos (algunos sin necesidad real) y todo ello hace que la pareja, que un día se formó con amor e ilusiones, caiga en manos del círculo vicioso de un consumismo sin freno, lo que al final hace que se vean en la obligación de llevar dos sueldos al hogar, lo que les llevará irremediablemente a la pérdida de sus sueños y lo que es peor, a la pérdida de atención de lo más preciado que tienen, en este caso los hijos.
Y en esta situación tan comprometida aparecen, como tabla de salvación, los abuelos que, haciendo una labor de “amoroso aparcamiento” reciben a los nietos con los brazos abiertos, porque “¿cómo no se les va a echar una mano a los hijos?”. Y desde luego, no quiero meterme en tema de gastos y/o apoyos económicos... ¡que esa es otra!.
A esos abuelos que “cargan” con los errores de sus vástagos que, en no pocas ocasiones, destrozan lo poco o mucho que les queda por disfrutar de sus vidas, ahora que pueden...a esos abuelos, repito, habría que hacerles un monumento en la plaza mayor de cada pueblo, por ser uno de los pilares más sólidos que aguantan nuestra maltrecha economía. O mejor todavía, deberían recibir una sustanciosa paga anual que les permitiera cumplir alguno de sus sueños más ocultos, aunque mucho me temo que, de ser así, alguno que otro con ese dinero les abrirían una cartilla de ahorro a sus nietos para cuando sean mayores.

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