martes, 1 de marzo de 2016

CARNE SECA

El baile empezaba a las nueve, después de la suelta de los becerros en la Plaza Mayor para solaz de los mozos y escarnio de los pobres astados. Pasodoble y más pasodoble era el único repertorio que tenía aquella banda, que lo mismo servía para hacer cortejo a procesiones como para amenizar desposorios; uno con la trompeta, otro con el acordeón y un tercero con un tamborcillo, colgado al cuello con un cordel, armaban la juerga padre en honor a la patrona hasta las dos de la madrugada.
            El vino y los refrescos se compraban, una peseta más cara que lo habitual, en el tenderete que Braulio “el tapas” ponía durante las fiestas fuera de su tasca. Mauricio “el bocazas” pregonero del Ayuntamiento y chapucero oficial en sus numerosos ratos libres, adornaba la Plaza con las mismas guirnaldas y cadenetas de colores de años anteriores. Merce “la pipera” hacía las delicias de la tropa infantil con regaliz, blancas pastillas de leche de burra y cigarritos de chocolate. Por último, el padre Ramos “el copitas”, para los que decían que cargaba el cáliz más de lo necesario en misa, como autoridad moral que se consideraba, vigilaba los juntamientos corporales de los bailarines a cada redoble de tambor.

Todos los años, “la niña Candela” subía a la fiesta con la intención de cazar algún forastero que no estuviera al cabo de la calle de su situación. Germán “el rubiajo” no solía bajar a la fiesta por no encontrarse con los que sí estaban al cabo de la calle de la suya. La relación que ambos mantenían con sus vecinos era más bien exigua, después de los acontecimientos sufridos por una y el desprecio constante padecido por el otro. Pero “el copitas”, que sabía más que lepe de la desgraciada circunstancia de los dos, aprovechando el momento verbenero, decidió hacer la formal presentación por ver sí se apañaban y tanta fue su matraca que, en menos de ocho meses, vino a oficiar el casorio.

                                                                  *       *       *

A Candela ya le habían despuntados los andares de mujer; su cuerpo entrado en curvas y sus movimientos, algo candorosos aún, poseían la frescura de su incipiente mocedad.
            De piel tostada y pelo azabache. De ojos verdemar y mirada transparente. De risa a los cuatro vientos y alegría en su decir. Fuerte, sana, potente, linda. Así era “la niña Candela”. Y fue por su fascinante atractivo engolosinando los instintos fanfarrones de no pocas mentes resecas, por lo que le vino su malaventura.

A los pocos días de terminar la Navidad, los quintos hacían su zambra de despedida. Algarada a la que sólo asistían los cuatro ganapanes que acababan de sortear destino militar, y cuyo único objetivo era correrla más que los quintos anteriores. Pero la cosa no se presentaba tan fácil como parecía, porque los desmanes se superaban año tras año. Meter las cabras del tío Pío “el zancarrón” en plena misa de doce; pintar las paredes de las casas con improperios a sus moradores; atar cencerros y esquilas en las colas de los perros y gatos para soltarlos por las calles, mientras que otros zampatortas hacían estallar el badajo de la campana parroquial a las tantas de la madrugada, eran algunas de las carnavaladas que discurrían aquellas molleras atiborradas de alcohol como estaban para pasárselo, según decían, como Dios.
            Muchos eran los desmadres de aquellas parrandas y muchas las consecuencias que traían sin que nadie pusiera coto. Pero, curiosamente, la velada de aquel año, en principio, no fue tan sonada. Los vecinos cavilaron que por no quedar ya más mozos que sortear en el pueblo, habrían entrado en razones para no hacer tanto barullo y los mozos, bajo los efectos aún de su melopea, sin llegar a percatarse de las consecuencias de su sucio atropello, a la mañana siguiente cogieron el coche de línea y se marcharon al cuartel para no volver jamás.

Hacía días que “la niña Candela” no iba a la fuente. Hacía semanas que no se la veía pasar. Hacía meses que no se oía su risa a los cuatro vientos. El chismorreo de las comadres estaba servido desde la noche en que se la llevaron entre gritos y sollozos y hubo quien aseguró, que sangrando por los bajos.
            Revolver los caldos fue, durante mucho tiempo, la única preocupación de todos los correveidile del lugar, sobre todo desde que, dándole a la sinhueso, alguien dijo que su prima hermana tenía una amiga, a la que le aseguraron que una del pueblo vecino, uña y carne de una limpiadora del hospital de la capital, sabía de muy buena tinta, que aquella noche había ingresado una mozuela de pelo azabachado y ojos verdemar con una tripa malograda.
            “Los Mayos”, que a modo de charangas callejeras, cantan los zangolotinos en la fiesta de la Cruz, hicieron el resto, terminando de destrozar la existencia de Candela, desde ese momento “la vieja”:

                                               A la niña de mis amores, se la llevaron a la era.
¡Ay qué pena! ¡Pobre nena!
Entre cuatro le quitaron la mejor de sus promesas.
¡Pobre nena! ¡Ay qué pena!
Entró casi una niña y salió casi una vieja.
¡Pobre niña la Candela!

“Germán, el rubiajo” no heredó el mote de su padre como es costumbre. Pero eso, al “tío Clemente, el mancado” poco le importaba. En realidad, estaba ya de vuelta de todo y nada le hacía mella después de haber tenido un hijo pelirrojo de padres curtidos. Tragó con el crío y lo dejó pasar, pero despidió a la adúltera Herminia, por hacerse el dolido frente a sus vecinos, mas como la quería de verdad se agarró a la botella frecuentando un serrallo de las afueras, donde ahogaba sus penas casi a diario hasta que se hizo con una querindanga, que se las daba de cubana, que le vino a calentar el catre de casa.
            Durante meses se habló de que algún deslenguado dijo saber de muy buena olla, que el payaso del “Gran Circo Universal, pasen y vean a la mujer barbuda y al hombre sapo”, que se dejó caer por allí en tiempos de vendimia, no llevaba peluca si no que la ostentosa melena roja que le asomaba por el ridículo bombín, era tan suya como las zalamerías y patrañas con las que embaucó a “Herminia, la colchones”. Hasta hubo algún gracioso cizañero que apuntó, la suerte que había tenido “el rubiajo” de haber sacado el pelo del payaso y no la nariz de patata con la que adornaba su cara. Para los cotorreos, aquello suponía tener el campo abonado para sus intrigas y comadreos y empezaron por crucificar de por vida, al pobre Germán que de nada tenía culpa.
            Creció “el rubiajo” con la mosca en la oreja, por lo que se fue fraguando en él un carácter cerril y huraño, que poco a poco le fue apartando de todos. Primero fue de “el mancado” y “la cubana”, de los que sólo recibía agravios y palizas; después de su vecindario que de siempre le había tratado de hijo de puta para arriba. Únicamente se encontraba a sus anchas en el monte, en compañía de las ovejas, de los buitres y de algún que otro cochino descarriado de la manada, como él.

                                                                  *       *       *

La calle de San Julián es la única de la zona que está empedrada. Por un lado, da a una plazuela muy esquinada donde nacen dos callejones angostos, por los que difícilmente pasan las caballerías. Por el otro, se ensancha abriéndose en dos caminos de tierra que van a dar a los gallineros y en su bifurcación, alguien puso una pequeña imagen del santo.
            Por el camino de la derecha también se llega a “Los chorreos del agua”, desde donde se divisa un maravilloso paisaje de serranía. Al pie del lugar, se pasea un río bastante caudaloso, que viene de los altos manantiales y que atraviesa un estrecho de impresionantes cortados en donde hacen sus nidos una numerosa colonia de buitres negros.
            Dos robustas peñas negras abren, a cada lado, el paso por el estrecho. En la de la izquierda se construyó hace cientos de años, un convento dedicado al Cristo de la Buena Muerte que, en otro tiempo, fue lugar de peregrinación. Ahora, abandonado desde la muerte de sus guardeses, confunde su inquietante y solitaria silueta ruinosa con la escarpada ladera. La peña de la derecha, está coronada por los repetidores de televisión y alrededor un bosque de pinos viejos al que, a finales de la temporada otoñal, suben los lugareños para hacer acopio de piñas y ramas secas para sus estufas de hierro.
            Debajo del repetidor y a media altura de la ladera, se alza una misteriosa cruz de maderos negros conocida con el nombre de “la Cruz de la Degollá”.

Cuentan, los más viejos del lugar que sus bisabuelos contaban que una noche cerrada, “Delio, el raca” arrastró por los pelos a su mujer desde el pueblo hasta la misma puerta del convento donde, supuestamente, había tenido encuentros carnales con un novicio imberbe de jóvenes y prietas carnes. Y que con la misma charrasca capadora que usaba para menesteres ganaderos, degolló de un tajo certero a tan pérfida compañera dejándola allí tirada.
            Y cuenta los más viejos del lugar, que sus bisabuelos contaban que a la mañana siguiente apareció, sin saber cómo, una cruz de varios metros de alto en un lugar totalmente inaccesible frente al convento. También cuentan, como epílogo de la leyenda, que poco a poco los frailes fueron abandonando el lugar, despavoridos por los gritos desgarradores que todas las noches se oían desde la cruz. Verdad o no, lo cierto es que hasta la fecha sólo los buitres pueden llegar hasta ella fácilmente.

                                                                  *       *       *

En la misma calle, varios metros antes de llegar a los gallineros, está la casa de “Germán, el rubiajo”. No es de estructura diferente a las demás, pero se destaca de las otras por el amarillo chillón de su fachada y el verde oscuro de sus ventanas.
            Anteriormente malvivía con su padre cerca de la Plaza Mayor en la parte baja del pueblo, hasta que se hizo su propia casa allí en “las Peñuelas”, en los altos de la localidad, en un solar que compró por cuatro cuartos a “Marcelino, el botero”, antes de casarse con “Candela, la vieja”. Dos años largos tardó en levantarla él solo y de esa soledad daban fe, tres dedos de su mano siniestra tronzados por una viga, que de haber tenido ayuda no le hubiera caído encima.
            La vivienda, de dos plantas y cueva, no es tan grande como pudiera parecer desde fuera. En el piso de arriba está el dormitorio de matrimonio y una habitación vacía en la que se dejan las botas y la ropa sucia. En la planta baja el comedor, donde se hace la vida, la cocina, un pequeño cuarto de baño de poco uso y una despensa con salida al callejón trasero. En la despensa menos alimentos hay de todo y nada vale. Trozos de cuerdas, herramientas rotas y oxidadas, sacos agujereados y malolientes, latas vacías y algunos utensilios de difícil descripción cuelgan de las paredes adornando el cuchitril. Al abrir la trampilla del suelo, suben olores de humedad, ajos, manzanas y somarro que delatan la utilidad de la cueva.

 A diario “Germán, el rubiajo”, se levanta a las cuatro de la mañana; apaña su morral con un trozo de pan candeal y somarro de oveja, sin olvidar el botillo de vino, al que de vez en vez dará un tiento por el camino hasta la hora del almuerzo. Antes de partir al pastoreo, se ha enjuagado la boca con un trallazo de orujo de hierbas de cosecha propia para matar las lombrices.
            Los tres perros que, vigilando el ganado, han esperado pacientemente la llegada del borreguero le hacen los parabienes de rigor, pero él los aparta con la garrota de enseñar quien es el amo.
            Más de trescientas cabezas se agolpan a la salida del corral, empujándose para ser las primeras y así evitar los mordiscos de los perros. El pastor silba y los animales toman el camino del convento que les llevará a donde nunca sube nadie y el pasto es abundante. Unas corderas negras se empinan sobre un almendro, pero una pedrada certera les hace desistir.
            Esquilando en hatos ajenos, ganó unos cuartos y se fue haciendo con una punta numerosa, que ahora es la envidia de sus vecinos. Primero fueron seis ovejas y un carnero, después ocho corderas más con las que le pagaron el esquilo, y al poco la naturaleza fue haciendo lo demás. No es rico “el rubiajo”, pero tampoco anda descalzo, aunque de eso mejor no hablar.

El sol ya amaga entre los riscos de la sierra. Pastor, ovejas y perros caminan con ligereza. “Blanca”, una perra pastora de cinco años, se ha separado del grupo y escarba con tesón entre unos matorrales. Germán se acerca. Hay algo. Una caja de chapa oxidada. En su interior una pistola y media docena de balas envueltas en un trapo, que alguien escondería al acabar la guerra. Mete todo en el morral y sigue tranquilo la senda.
            Al llegar al emanadero donde abreva al ganado y el pasto está crecido, se sienta el gañan sobre una piedra dispuesto a refrescar su seca garganta con vino negro y a dar cuenta del pan y la carne seca. Su mano tienta la caja que deja a sus pies y saca del morral las viandas. El sol ya está por encima de los pinos; los perros descansan con la lengua fuera sin perder de vista al amo. El ganado pace tranquilo.
            De pronto se oye un fuerte estruendo, que repica en los altozanos una y otra vez, y una oveja se desploma. Viejo ya el animal había que sacrificarlo para secar su carne y hacer el tan escaso y lucrativo somarro. El arma, pese al tiempo que ha estado enterrada funciona perfectamente y ha ahorrado la desagradable labor de matarife a “el rubiajo”. Para que el cadáver no llegue a las tripas de los buitres, lo oculta bajo un saliente de la roca y lo tapa concienzudamente con arbustos y ramas secas. Mañana lo descuartizará para bajarlo a piezas al secadero.

No tardan mucho los perros en agrupar de nuevo el rebaño, que se ha dispersado por el estruendo del tiro y siguen el sendero hasta llegar al “pico Culebro”. Cerca unas higueras silvestres darán frescor al amo y a los tres perros mientras esperan. Es mediodía.
            En esto, aparece por la vereda “Candela, la vieja”. En sus manos una olla de barro y colgando de su brazo izquierdo una bolsa de tela blanca. Sube despacio, cansada, su malgastada humanidad poco tiene que ver ya con la belleza de la incipiente mocedad que los quintos le arrancaron, o con la guapura de la fresca madurez que lució en la fiesta de la patrona en la que “copitas” hizo de casamentero.
            Ya no baja a la romería. Ya no tiene ganas. Se las quitaron de cuajo a base de correazos y tundas. La primera de tantas, la recibió al alba siguiente de la noche de bodas, para que aprendiera desde el principio quien era el que mandaba en casa. Después de esa, perdida la cuenta las tiene ya.

                                                                  *       *       *

A escasos dos meses de parir al lambrijo José, “Candela, la vieja” tuvo que ir a recoger quince corderos, que estaban encerrados en el corralillo de “la Pinosa”, allá por los terrenos bajos. El cielo amenazaba fuerte tormenta y no se podía dejar la borregada tan cerca del río por miedo a la crecida. La lluvia era abundante cuando llegó y las aguas empezaban a salirse del cauce. Entró en el corral, pero algunos ternascos se habían escapado asustados y corrían sin rumbo por la, cada vez más, anegada ribera. Candela traía al pequeño José envuelto en una gruesa manta cubierta y sujeto con el brazo izquierdo contra su pecho.
            Ayudándose de un palo, reunió como pudo a los animales, pensando únicamente en la zurribanda que la esperaba si no era capaz de subirlos a todos al corral grande. Tras mucho trabajo y con el agua casi por la rodilla, consiguió sacarlos del embalse que ya se había formado al rato.
            Fue al llegar a casa cuando descubrió que dentro del atadijo, que creía sujetar con firmeza, no había nada. Con el trajín de su madre en pos de los corderos, la flaca criatura se vino escurriendo por dentro de la manta hasta caer al barrizal donde, días más tarde, “Germán, el rubiajo” lo encontró casi enterrado. Fue tan grande el dolor que se apoderó de Candela, que apenas sintió la descarga de correazos, patadas y puñetazos que, una vez más, se propinó sobre su cuerpo después de la tragedia.

                                                                  *       *       *

“Candela, la vieja” llega con la olla de patatas y garbanzos, adornada con unos cachos de chorizo y una tajada de tocino de matanza, al lugar donde está su marido. La comida, aún caliente huele bien. De la bolsa de tela blanca saca un buen pedazo de pan y una cuchara; del vino ya se encarga él. Alarga la olla al ovejero sin mediar palabra. Éste, con la misma frialdad, la coge y empieza a comer bajo la inquietante mirada de los perros, a los que de vez en cuando les lanza un trozo de pan seco que sólo sirve para iniciar una gresca perruna. Cuando termina, devuelve el puchero y la cuchara y saca la petaca para liarse un cigarro. Le vendría bien tomar café y así se lo hace saber a su mujer.
            Como movida por resortes al recibir la orden, Candela se levanta, da la vuelta y enfila de nuevo el camino a la casa de fachada amarillo chillón y ventanas verde oscuro. Baja pesadamente, como puede, con su estropeada estructura humana balanceándose hacia los lados por culpa de un quebranto de rodilla mal curado.

                                                                  *       *       *

En las pocilgas de los cerdos “Candela, la vieja” es la única que entra, excepto cuando en invierno se hace la matanza; entonces cuatro matarifes armados de trinchetes y ganchos, agarran a los cochinos por las patas y el morro y entre todos, con no poco esfuerzo, lo sacan de su cubil y lo suben a una mesa donde se arma la marimorena. Mientras, ella hace acopio de aliagas para, muerto el animal, quemar con la antorcha los fuertes pelos que cubren su piel. El aire se enrarece con humo negro y un fuerte olor a chamusquina que tira para atrás.
            Al acabar la faena, se parte la careta del marrano y en un caldero de cobre y a fuego de troncos se prepara un guiso con sangre y cebolla del que comen, cucharada y paso atrás, los matarifes y los muchos arrimadizos allí congregados, que no han dado palo en el escarnio pero que se apuntan a la hora de llenar el papo.

Una mañana de hace tiempo, el veterinario de la comarca, le advirtió de la insalubridad en que se encontraban las cochiqueras, para que en el plazo de una semana las saneara evitando los olores que, sin duda alguna, se producirían cuando llegasen los calores.
            Sacó los animales al corral vecino y armada de pala y una carretilla empezó a arrancar todo el estiércol almacenado en el cuchitril pero, por culpa de la oscuridad reinante, no se dio cuenta que uno de los maderos que sujetaban la techumbre se vencía, cayendo sobre ella el entramado de palos y tejas. Su pierna chascó como una nuez bajo el peso de tanto madero, y su mano derecha se rajó de arriba abajo al apoyarse, en la caída, sobre una lata que servía de bebedero a los marranos.
            No fue hasta bien entrada la tarde cuando “Germán, el rubiajo”, la encontró tirada entre los purines de los puercos. Su primera reacción fue la de maldecir la pena negra, después de comprobar los desperfectos ocasionados y por último sacar a Candela de debajo de los escombros; la arrastró por los hombros, la montó en la carretilla y la llevó a la casa descargando su dolorido cuerpo, como si de un saco de patatas se tratara, en medio de la cocina.
            Más de tres semanas tardó en cerrársele la herida de la mano y más de un mes estuvo con la escayola en la pierna, pero ambas cosas no la impidieron andar en sus faenas habituales. Como consecuencia del trajín diario, la rodilla no soldó como debía y se quedó renqueante de por vida. Pero aquello poco importó al pastor, que siguió descargando sobre ella toda la culpa de su miserable vida, haciéndole además blanco de sus chanzas por el oscilante movimiento de su cuerpo al caminar.

                                                                  *       *       *
Más de media hora tarda “Candela, la vieja” en encontrar el rebaño y al amo porque, en el tiempo de espera han cambiado de pastos trasladándose a una pequeña vaguada que hay cerca del río. La bajada hasta allí no es fácil y se va sujetando como puede a los árboles y salientes para no tronzarse de nuevo su maltrecha rodilla.
            Aunque el cuenco de loza blanca ardía al salir de casa, llega frío el café a los labios del patán que, al probarlo, lo lanza contra la cabeza de su mujer. Candela no hace el más mínimo gesto de dolor, aunque el fuerte golpe recibido le ha abierto una ceja.
            Se acerca a la orilla del río para lavarse la sangre que le brota de la brecha. Allí mismo apoyado sobre un tocón de castaño está el morral y caída en el suelo asoma la pistola. El pastor está de espaldas dando órdenes a los perros para que reagrupen el rebaño y seguir camino.
            De pronto, se oye un fuerte estruendo que repica en los oteros una y otra vez y acto seguido, el golpe contra el suelo de un cuerpo al desplomarse.

                                                                  *       *       *

A principios de mayo, es cuando se empieza con la faena de preparar el somarro. Primero hay que contar con una buena carne de animal que no valga para criar, una vez muerto se le cuelga con un gancho, clavado en la garganta, de una de las vigas del secadero. Después con un pequeño hacha, se le abre el pecho en canal para extraerle las vísceras con ayuda de un afilado cuchillo. Una vez limpio se procede a su descuartizamiento con un serrucho y al final, se corta la carne en largas tiras que se ponen a secar colgadas de unas cuerdas sujetas a la techumbre. A los tres días, cuando la carne empieza a oler, con una brocha se la impregna de un caldo hecho a base de pimentón, ajos, vinagre y ciertas hierbas aromáticas cuya combinación es un celoso secreto de familia. El caliente viento que se cuela por las rendijas de las tablas de las paredes, hace el resto. Para poder regalar el paladar con tan sabroso manjar, hay que esperar hasta que se ponga dura y negra.
            El resto de la carne que no vale para somarro, también se seca y se muele mezclándola con otros piensos que valen para alimento de los gorrinos. Los huesos triturados en el molino, se utilizan de abono para los olivos. Nada se desperdicia y del animal no queda el menor rastro.

                                                                  *       *       *

En aquellos días de estío, los mequetrefes de la taberna de “Braulio, el tapas” sólo hablan de los forasteros que han venido a meterse en sus vidas. Nadie pregunta por el pastor. A nadie le extraña su ausencia porque todos saben que cuando llega el calor, marcha varios meses por los pueblos cercanos a faenas de esquilo en rebaños ajenos para ganarse el jornal que luego ayudará en los meses de invierno.

            Mientras, como tantas veces, a “Candela, la vieja” le ha tocado preparar la carne seca, que dicho sea de paso, este año le ha salido magnífica con un sabor especial que hace las delicias del más entendido. Y ella está contenta porque quizá este año pueda arreglarse esa rodilla maltrecha y componerse los dientes que, de un puñetazo, le arranco “Germán, el rubiajo” cuando tuvo su tercer aborto. La venta va muy bien este año y tendrá, a final de temporada, unos buenos ingresos gracias a la mucha carne de animales viejos que ha habido y que es la más apropiada para hacer un buen somarro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario