El baile empezaba a las nueve, después de la suelta
de los becerros en la Plaza Mayor para solaz de los mozos y escarnio de los
pobres astados. Pasodoble y más pasodoble era el único repertorio que tenía
aquella banda, que lo mismo servía para hacer cortejo a procesiones como para
amenizar desposorios; uno con la trompeta, otro con el acordeón y un tercero
con un tamborcillo, colgado al cuello con un cordel, armaban la juerga padre en
honor a la patrona hasta las dos de la madrugada.
El
vino y los refrescos se compraban, una peseta más cara que lo habitual, en el
tenderete que Braulio “el tapas” ponía durante las fiestas fuera de su tasca.
Mauricio “el bocazas” pregonero
del Ayuntamiento y chapucero oficial en sus numerosos ratos libres, adornaba la
Plaza con las mismas guirnaldas y cadenetas de colores de años anteriores.
Merce “la pipera” hacía las delicias de la tropa infantil con regaliz, blancas
pastillas de leche de burra y cigarritos de chocolate. Por último, el padre
Ramos “el copitas”, para los que decían que cargaba el cáliz más de lo
necesario en misa, como autoridad moral que se consideraba, vigilaba los
juntamientos corporales de los bailarines a cada redoble de tambor.
Todos
los años, “la niña Candela” subía a la fiesta con la intención de cazar algún
forastero que no estuviera al cabo de la calle de su situación. Germán “el
rubiajo” no solía bajar a la fiesta por no encontrarse con los que sí estaban
al cabo de la calle de la suya. La relación que ambos mantenían con sus vecinos
era más bien exigua, después de los acontecimientos sufridos por una y el
desprecio constante padecido por el otro. Pero “el copitas”, que sabía más que
lepe de la desgraciada circunstancia de los dos, aprovechando el momento
verbenero, decidió hacer la formal presentación por ver sí se apañaban y tanta
fue su matraca que, en menos de ocho meses, vino a oficiar el casorio.
* * *
A Candela
ya le habían despuntados los andares de mujer; su cuerpo entrado en curvas y
sus movimientos, algo candorosos aún, poseían la frescura de su incipiente
mocedad.
De piel tostada y pelo azabache. De
ojos verdemar y mirada transparente. De risa a los cuatro vientos y alegría en
su decir. Fuerte, sana, potente, linda. Así era “la niña Candela”. Y fue por su
fascinante atractivo engolosinando los instintos fanfarrones de no pocas mentes
resecas, por lo que le vino su malaventura.
A los
pocos días de terminar la Navidad, los quintos hacían su zambra de despedida.
Algarada a la que sólo asistían los cuatro ganapanes que acababan de sortear
destino militar, y cuyo único objetivo era correrla más que los quintos
anteriores. Pero la cosa no se presentaba tan fácil como parecía, porque los
desmanes se superaban año tras año. Meter las cabras del tío Pío “el zancarrón”
en plena misa de doce; pintar las paredes de las casas con improperios a sus
moradores; atar cencerros y esquilas en las colas de los perros y gatos para
soltarlos por las calles, mientras que otros zampatortas hacían estallar el
badajo de la campana parroquial a las tantas de la madrugada, eran algunas de
las carnavaladas que discurrían aquellas molleras atiborradas de alcohol como
estaban para pasárselo, según decían, como Dios.
Muchos eran los desmadres de
aquellas parrandas y muchas las consecuencias que traían sin que nadie pusiera
coto. Pero, curiosamente, la velada de aquel año, en principio, no fue tan
sonada. Los vecinos cavilaron que por no quedar ya más mozos que sortear en el
pueblo, habrían entrado en razones para no hacer tanto barullo y los mozos,
bajo los efectos aún de su melopea, sin llegar a percatarse de las
consecuencias de su sucio atropello, a la mañana siguiente cogieron el coche de
línea y se marcharon al cuartel para no volver jamás.
Hacía
días que “la niña Candela” no iba a la fuente. Hacía semanas que no se la veía
pasar. Hacía meses que no se oía su risa a los cuatro vientos. El chismorreo de
las comadres estaba servido desde la noche en que se la llevaron entre gritos y
sollozos y hubo quien aseguró, que sangrando por los bajos.
Revolver los caldos fue, durante
mucho tiempo, la única preocupación de todos los correveidile del lugar, sobre
todo desde que, dándole a la sinhueso, alguien dijo que su prima hermana tenía una
amiga, a la que le aseguraron que una del pueblo vecino, uña y carne de una
limpiadora del hospital de la capital, sabía de muy buena tinta, que aquella
noche había ingresado una mozuela de pelo azabachado y ojos verdemar con una
tripa malograda.
“Los Mayos”, que a modo de charangas
callejeras, cantan los zangolotinos en la fiesta de la Cruz, hicieron el resto,
terminando de destrozar la existencia de Candela, desde ese momento “la vieja”:
A
la niña de mis amores, se la llevaron a la era.
¡Ay qué pena! ¡Pobre nena!
Entre cuatro le quitaron la mejor de sus
promesas.
¡Pobre nena! ¡Ay qué pena!
Entró casi una niña y salió casi una vieja.
¡Pobre niña la Candela!
“Germán,
el rubiajo” no heredó el mote de su padre como es costumbre. Pero eso, al “tío
Clemente, el mancado” poco le importaba. En realidad, estaba ya de vuelta de
todo y nada le hacía mella después de haber tenido un hijo pelirrojo de padres
curtidos. Tragó con el crío y lo dejó pasar, pero despidió a la adúltera
Herminia, por hacerse el dolido frente a sus vecinos, mas como la quería de
verdad se agarró a la botella frecuentando un serrallo de las afueras, donde
ahogaba sus penas casi a diario hasta que se hizo con una querindanga, que se
las daba de cubana, que le vino a calentar el catre de casa.
Durante meses se habló de que algún
deslenguado dijo saber de muy buena olla, que el payaso del “Gran Circo
Universal, pasen y vean a la mujer barbuda y al hombre sapo”, que se dejó caer
por allí en tiempos de vendimia, no llevaba peluca si no que la ostentosa
melena roja que le asomaba por el ridículo bombín, era tan suya como las
zalamerías y patrañas con las que embaucó a “Herminia, la colchones”. Hasta
hubo algún gracioso cizañero que apuntó, la suerte que había tenido “el
rubiajo” de haber sacado el pelo del payaso y no la nariz de patata con la que
adornaba su cara. Para los cotorreos, aquello suponía tener el campo abonado
para sus intrigas y comadreos y empezaron por crucificar de por vida, al pobre
Germán que de nada tenía culpa.
Creció “el rubiajo” con la mosca en
la oreja, por lo que se fue fraguando en él un carácter cerril y huraño, que
poco a poco le fue apartando de todos. Primero fue de “el mancado” y “la
cubana”, de los que sólo recibía agravios y palizas; después de su vecindario que
de siempre le había tratado de hijo de puta para arriba. Únicamente se
encontraba a sus anchas en el monte, en compañía de las ovejas, de los buitres
y de algún que otro cochino descarriado de la manada, como él.
* *
*
La
calle de San Julián es la única de la zona que está empedrada. Por un lado, da
a una plazuela muy esquinada donde nacen dos callejones angostos, por los que
difícilmente pasan las caballerías. Por el otro, se ensancha abriéndose en dos
caminos de tierra que van a dar a los gallineros y en su bifurcación, alguien
puso una pequeña imagen del santo.
Por el camino de la derecha también
se llega a “Los chorreos del agua”, desde donde se divisa un maravilloso paisaje
de serranía. Al pie del lugar, se pasea un río bastante caudaloso, que viene de
los altos manantiales y que atraviesa un estrecho de impresionantes cortados en
donde hacen sus nidos una numerosa colonia de buitres negros.
Dos robustas peñas negras abren, a
cada lado, el paso por el estrecho. En la de la izquierda se construyó hace
cientos de años, un convento dedicado al Cristo de la Buena Muerte que, en otro
tiempo, fue lugar de peregrinación. Ahora, abandonado desde la muerte de sus
guardeses, confunde su inquietante y solitaria silueta ruinosa con la escarpada
ladera. La peña de la derecha, está coronada por los repetidores de televisión
y alrededor un bosque de pinos viejos al que, a finales de la temporada otoñal,
suben los lugareños para hacer acopio de piñas y ramas secas para sus estufas
de hierro.
Debajo del repetidor y a media
altura de la ladera, se alza una misteriosa cruz de maderos negros conocida con
el nombre de “la Cruz de la Degollá”.
Cuentan,
los más viejos del lugar que sus bisabuelos contaban que una noche cerrada,
“Delio, el raca” arrastró por los pelos a su mujer desde el pueblo hasta la
misma puerta del convento donde, supuestamente, había tenido encuentros
carnales con un novicio imberbe de jóvenes y prietas carnes. Y que con la misma
charrasca capadora que usaba para menesteres ganaderos, degolló de un tajo
certero a tan pérfida compañera dejándola allí tirada.
Y cuenta los más viejos del lugar,
que sus bisabuelos contaban que a la mañana siguiente apareció, sin saber cómo,
una cruz de varios metros de alto en un lugar totalmente inaccesible frente al
convento. También cuentan, como epílogo de la leyenda, que poco a poco los
frailes fueron abandonando el lugar, despavoridos por los gritos desgarradores
que todas las noches se oían desde la cruz. Verdad o no, lo cierto es que hasta
la fecha sólo los buitres pueden llegar hasta ella fácilmente.
* * *
En la
misma calle, varios metros antes de llegar a los gallineros, está la casa de
“Germán, el rubiajo”. No es de estructura diferente a las demás, pero se
destaca de las otras por el amarillo chillón de su fachada y el verde oscuro de
sus ventanas.
Anteriormente malvivía con su padre
cerca de la Plaza Mayor en la parte baja del pueblo, hasta que se hizo su
propia casa allí en “las Peñuelas”, en los altos de la localidad, en un solar
que compró por cuatro cuartos a “Marcelino, el botero”, antes de casarse con
“Candela, la vieja”. Dos años largos tardó en levantarla él solo y de esa
soledad daban fe, tres dedos de su mano siniestra tronzados por una viga, que
de haber tenido ayuda no le hubiera caído encima.
La vivienda, de dos plantas y cueva,
no es tan grande como pudiera parecer desde fuera. En el piso de arriba está el
dormitorio de matrimonio y una habitación vacía en la que se dejan las botas y
la ropa sucia. En la planta baja el comedor, donde se hace la vida, la cocina,
un pequeño cuarto de baño de poco uso y una despensa con salida al callejón
trasero. En la despensa menos alimentos hay de todo y nada vale. Trozos de
cuerdas, herramientas rotas y oxidadas, sacos agujereados y malolientes, latas
vacías y algunos utensilios de difícil descripción cuelgan de las paredes
adornando el cuchitril. Al abrir la trampilla del suelo, suben olores de
humedad, ajos, manzanas y somarro que delatan la utilidad de la cueva.
A diario “Germán, el rubiajo”, se levanta a
las cuatro de la mañana; apaña su morral con un trozo de pan candeal y somarro
de oveja, sin olvidar el botillo de vino, al que de vez en vez dará un tiento
por el camino hasta la hora del almuerzo. Antes de partir al pastoreo, se ha
enjuagado la boca con un trallazo de orujo de hierbas de cosecha propia para
matar las lombrices.
Los tres perros que, vigilando el
ganado, han esperado pacientemente la llegada del borreguero le hacen los
parabienes de rigor, pero él los aparta con la garrota de enseñar quien es el
amo.
Más de trescientas cabezas se
agolpan a la salida del corral, empujándose para ser las primeras y así evitar
los mordiscos de los perros. El pastor silba y los animales toman el camino del
convento que les llevará a donde nunca sube nadie y el pasto es abundante. Unas
corderas negras se empinan sobre un almendro, pero una pedrada certera les hace
desistir.
Esquilando en hatos ajenos, ganó
unos cuartos y se fue haciendo con una punta numerosa, que ahora es la envidia
de sus vecinos. Primero fueron seis ovejas y un carnero, después ocho corderas
más con las que le pagaron el esquilo, y al poco la naturaleza fue haciendo lo
demás. No es rico “el rubiajo”, pero tampoco anda descalzo, aunque de eso mejor
no hablar.
El sol
ya amaga entre los riscos de la sierra. Pastor, ovejas y perros caminan con
ligereza. “Blanca”, una perra pastora de cinco años, se ha separado del grupo y
escarba con tesón entre unos matorrales. Germán se acerca. Hay algo. Una caja
de chapa oxidada. En su interior una pistola y media docena de balas envueltas
en un trapo, que alguien escondería al acabar la guerra. Mete todo en el morral
y sigue tranquilo la senda.
Al llegar al emanadero donde abreva
al ganado y el pasto está crecido, se sienta el gañan sobre una piedra
dispuesto a refrescar su seca garganta con vino negro y a dar cuenta del pan y
la carne seca. Su mano tienta la caja que deja a sus pies y saca del morral las
viandas. El sol ya está por encima de los pinos; los perros descansan con la
lengua fuera sin perder de vista al amo. El ganado pace tranquilo.
De pronto se oye un fuerte
estruendo, que repica en los altozanos una y otra vez, y una oveja se desploma.
Viejo ya el animal había que sacrificarlo para secar su carne y hacer el tan
escaso y lucrativo somarro. El arma, pese al tiempo que ha estado enterrada
funciona perfectamente y ha ahorrado la desagradable labor de matarife a “el
rubiajo”. Para que el cadáver no llegue a las tripas de los buitres, lo oculta
bajo un saliente de la roca y lo tapa concienzudamente con arbustos y ramas
secas. Mañana lo descuartizará para bajarlo a piezas al secadero.
No
tardan mucho los perros en agrupar de nuevo el rebaño, que se ha dispersado por
el estruendo del tiro y siguen el sendero hasta llegar al “pico Culebro”. Cerca
unas higueras silvestres darán frescor al amo y a los tres perros mientras
esperan. Es mediodía.
En esto, aparece por la vereda
“Candela, la vieja”. En sus manos una olla de barro y colgando de su brazo
izquierdo una bolsa de tela blanca. Sube despacio, cansada, su malgastada
humanidad poco tiene que ver ya con la belleza de la incipiente mocedad que los
quintos le arrancaron, o con la guapura de la fresca madurez que lució en la
fiesta de la patrona en la que “copitas” hizo de casamentero.
Ya no baja a la romería. Ya no tiene
ganas. Se las quitaron de cuajo a base de correazos y tundas. La primera de
tantas, la recibió al alba siguiente de la noche de bodas, para que aprendiera
desde el principio quien era el que mandaba en casa. Después de esa, perdida la
cuenta las tiene ya.
* * *
A
escasos dos meses de parir al lambrijo José, “Candela, la vieja” tuvo que ir a
recoger quince corderos, que estaban encerrados en el corralillo de “la
Pinosa”, allá por los terrenos bajos. El cielo amenazaba fuerte tormenta y no
se podía dejar la borregada tan cerca del río por miedo a la crecida. La lluvia
era abundante cuando llegó y las aguas empezaban a salirse del cauce. Entró en
el corral, pero algunos ternascos se habían escapado asustados y corrían sin
rumbo por la, cada vez más, anegada ribera. Candela traía al pequeño José
envuelto en una gruesa manta cubierta y sujeto con el brazo izquierdo contra su
pecho.
Ayudándose de un palo, reunió como
pudo a los animales, pensando únicamente en la zurribanda que la esperaba si no
era capaz de subirlos a todos al corral grande. Tras mucho trabajo y con el
agua casi por la rodilla, consiguió sacarlos del embalse que ya se había
formado al rato.
Fue al llegar a casa cuando
descubrió que dentro del atadijo, que creía sujetar con firmeza, no había nada.
Con el trajín de su madre en pos de los corderos, la flaca criatura se vino
escurriendo por dentro de la manta hasta caer al barrizal donde, días más
tarde, “Germán, el rubiajo” lo encontró casi enterrado. Fue tan grande el dolor
que se apoderó de Candela, que apenas sintió la descarga de correazos, patadas
y puñetazos que, una vez más, se propinó sobre su cuerpo después de la
tragedia.
* * *
“Candela,
la vieja” llega con la olla de patatas y garbanzos, adornada con unos cachos de
chorizo y una tajada de tocino de matanza, al lugar donde está su marido. La
comida, aún caliente huele bien. De la bolsa de tela blanca saca un buen pedazo
de pan y una cuchara; del vino ya se encarga él. Alarga la olla al ovejero sin
mediar palabra. Éste, con la misma frialdad, la coge y empieza a comer bajo la
inquietante mirada de los perros, a los que de vez en cuando les lanza un trozo
de pan seco que sólo sirve para iniciar una gresca perruna. Cuando termina,
devuelve el puchero y la cuchara y saca la petaca para liarse un cigarro. Le
vendría bien tomar café y así se lo hace saber a su mujer.
Como movida por resortes al recibir
la orden, Candela se levanta, da la vuelta y enfila de nuevo el camino a la
casa de fachada amarillo chillón y ventanas verde oscuro. Baja pesadamente,
como puede, con su estropeada estructura humana balanceándose hacia los lados
por culpa de un quebranto de rodilla mal curado.
* *
*
En las
pocilgas de los cerdos “Candela, la vieja” es la única que entra, excepto
cuando en invierno se hace la matanza; entonces cuatro matarifes armados de trinchetes
y ganchos, agarran a los cochinos por las patas y el morro y entre todos, con
no poco esfuerzo, lo sacan de su cubil y lo suben a una mesa donde se arma la
marimorena. Mientras, ella hace acopio de aliagas para, muerto el animal,
quemar con la antorcha los fuertes pelos que cubren su piel. El aire se enrarece
con humo negro y un fuerte olor a chamusquina que tira para atrás.
Al acabar la faena, se parte la
careta del marrano y en un caldero de cobre y a fuego de troncos se prepara un
guiso con sangre y cebolla del que comen, cucharada y paso atrás, los matarifes
y los muchos arrimadizos allí congregados, que no han dado palo en el escarnio
pero que se apuntan a la hora de llenar el papo.
Una
mañana de hace tiempo, el veterinario de la comarca, le advirtió de la
insalubridad en que se encontraban las cochiqueras, para que en el plazo de una
semana las saneara evitando los olores que, sin duda alguna, se producirían
cuando llegasen los calores.
Sacó los animales al corral vecino y
armada de pala y una carretilla empezó a arrancar todo el estiércol almacenado
en el cuchitril pero, por culpa de la oscuridad reinante, no se dio cuenta que
uno de los maderos que sujetaban la techumbre se vencía, cayendo sobre ella el
entramado de palos y tejas. Su pierna chascó como una nuez bajo el peso de
tanto madero, y su mano derecha se rajó de arriba abajo al apoyarse, en la
caída, sobre una lata que servía de bebedero a los marranos.
No fue hasta bien entrada la tarde
cuando “Germán, el rubiajo”, la encontró tirada entre los purines de los
puercos. Su primera reacción fue la de maldecir la pena negra, después de
comprobar los desperfectos ocasionados y por último sacar a Candela de debajo
de los escombros; la arrastró por los hombros, la montó en la carretilla y la
llevó a la casa descargando su dolorido cuerpo, como si de un saco de patatas
se tratara, en medio de la cocina.
Más de tres semanas tardó en
cerrársele la herida de la mano y más de un mes estuvo con la escayola en la
pierna, pero ambas cosas no la impidieron andar en sus faenas habituales. Como
consecuencia del trajín diario, la rodilla no soldó como debía y se quedó
renqueante de por vida. Pero aquello poco importó al pastor, que siguió
descargando sobre ella toda la culpa de su miserable vida, haciéndole además
blanco de sus chanzas por el oscilante movimiento de su cuerpo al caminar.
* * *
Más de
media hora tarda “Candela, la vieja” en encontrar el rebaño y al amo porque, en
el tiempo de espera han cambiado de pastos trasladándose a una pequeña vaguada
que hay cerca del río. La bajada hasta allí no es fácil y se va sujetando como
puede a los árboles y salientes para no tronzarse de nuevo su maltrecha
rodilla.
Aunque el cuenco de loza blanca
ardía al salir de casa, llega frío el café a los labios del patán que, al
probarlo, lo lanza contra la cabeza de su mujer. Candela no hace el más mínimo
gesto de dolor, aunque el fuerte golpe recibido le ha abierto una ceja.
Se acerca a la orilla del río para
lavarse la sangre que le brota de la brecha. Allí mismo apoyado sobre un tocón
de castaño está el morral y caída en el suelo asoma la pistola. El pastor está
de espaldas dando órdenes a los perros para que reagrupen el rebaño y seguir
camino.
De pronto, se oye un fuerte
estruendo que repica en los oteros una y otra vez y acto seguido, el golpe
contra el suelo de un cuerpo al desplomarse.
* * *
A
principios de mayo, es cuando se empieza con la faena de preparar el somarro.
Primero hay que contar con una buena carne de animal que no valga para criar,
una vez muerto se le cuelga con un gancho, clavado en la garganta, de una de
las vigas del secadero. Después con un pequeño hacha, se le abre el pecho en
canal para extraerle las vísceras con ayuda de un afilado cuchillo. Una vez
limpio se procede a su descuartizamiento con un serrucho y al final, se corta
la carne en largas tiras que se ponen a secar colgadas de unas cuerdas sujetas
a la techumbre. A los tres días, cuando la carne empieza a oler, con una brocha
se la impregna de un caldo hecho a base de pimentón, ajos, vinagre y ciertas
hierbas aromáticas cuya combinación es un celoso secreto de familia. El
caliente viento que se cuela por las rendijas de las tablas de las paredes,
hace el resto. Para poder regalar el paladar con tan sabroso manjar, hay que
esperar hasta que se ponga dura y negra.
El resto de la carne que no vale
para somarro, también se seca y se muele mezclándola con otros piensos que
valen para alimento de los gorrinos. Los huesos triturados en el molino, se
utilizan de abono para los olivos. Nada se desperdicia y del animal no queda el
menor rastro.
* * *
En
aquellos días de estío, los mequetrefes de la taberna de “Braulio, el tapas”
sólo hablan de los forasteros que han venido a meterse en sus vidas. Nadie
pregunta por el pastor. A nadie le extraña su ausencia porque todos saben que
cuando llega el calor, marcha varios meses por los pueblos cercanos a faenas de
esquilo en rebaños ajenos para ganarse el jornal que luego ayudará en los meses
de invierno.
Mientras, como tantas veces, a
“Candela, la vieja” le ha tocado preparar la carne seca, que dicho sea de paso,
este año le ha salido magnífica con un sabor especial que hace las delicias del
más entendido. Y ella está contenta porque quizá este año pueda arreglarse esa
rodilla maltrecha y componerse los dientes que, de un puñetazo, le arranco
“Germán, el rubiajo” cuando tuvo su tercer aborto. La venta va muy bien este
año y tendrá, a final de temporada, unos buenos ingresos gracias a la mucha
carne de animales viejos que ha habido y que es la más apropiada para hacer un
buen somarro.
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