A esas familias que conocen los nombres
y fecha de nacimiento de todos sus miembros. A esas familias que se reúnen los
domingos alrededor de la paella que, como de costumbre, ha hecho la abuela. A
esas familias que permanecen unidas ante las adversidades. A esas familias que
celebran cualquier superación de sus miembros como personal. A esas familias
que descuelgan habitualmente el teléfono para interesarse por la salud de los
suyos. A esas familias que se respetan entre sí y viven alrededor de sus
mayores. A esas familias, vaya toda mi admiración, cariño y respeto.
En el tiempo que nos ha tocado vivir, hemos pasado de la unidad familiar en que padres, hijos, nietos, primos, tíos, cuñados, suegros y abuelos formaban un bloque compacto en el que nadie hacía nada que pudiera contrariar a cualquiera de los componentes de esa unidad, hemos pasado como digo, a un desapego total.
Varias son las causas de esa catástrofe familiar que, en mayor o menor medida, nos ha podido afectar a todos. Primero entró en nuestras casas la televisión, con lo que se empezó con la destrucción de las agradables charlas de sobremesa, después con las meriendas o visitas entre hermanos, cuñados y primos, lo que nos llevó a que sólo nos viéramos en ciertos acontecimientos: aniversarios, bodas, bautizos y demás compromisos que dejaron de ser familiares para pasar a sociales. Más tarde, la compra de viviendas en urbanizaciones alejadas que dificultaban, en gran medida, el desplazamiento. Los teléfonos móviles también tuvieron su parte de culpa porque una llamada es más fácil que una reunión. Y no olvidemos que las costumbres de otros países, que si en algunas cosas nos beneficiaron abriéndonos nuevos horizontes, si que contribuyeron a destruir, en cierta forma, esos lazos que tanto formaban esa unidad.
El consumismo, mal de nuestras actuales vidas, crearon la necesidad de poseer cosas que muy bien podríamos haber pasado sin ellas, si de verdad nos hubiera interesado más la familia que aparentar ante la sociedad que nos rodea, que nos van tan bien las cosas que somos capaces de tener, tal o cual automóvil, casa o frigorífico. Ese sentimiento de posesión nos ha llevado a que la mujer, la madre de familia, núcleo alrededor del cual giraba todo, tuviera, en un principio, que abandonar su importante centro de acción y desplazarlo fuera del hogar a un trabajo, para poder llegar a final de mes.
Los padres ya no comen en casa; los hijos se aparcan en las guarderías o en manos de los resignados abuelos; las madres duplican sus esfuerzos para que todo siga marchando en orden en el hogar. Los matrimonios se desquebrajan; el paro hace su aparición; la crisis nos agobia y es imposible mantener el status que se había soñado; las relaciones se rompen; los niños desubicados se reparten entre varias casas y los abuelos, a los que antes se les respetaban y querían son abandonados en residencias cuando no en gasolineras o estaciones de autobuses.
¿Cómo volver a lo perdido? Solamente me surge una respuesta válida y lógica, tratar de mantener los lazos bien apretados y no dejar que nada pueda romperlos, ni siquiera nuestro egoísmo, nuestra independencia, nuestra dejadez para interesarnos los unos por los otros. Mantener el contacto entre nosotros y siempre alrededor de una cabeza visible que sea la que coordine esa unión.
Tenemos que luchar por volver a nuestros orígenes familiares porque no hay nada más satisfactorio, en esta vida, que ver como los miembros de una familia, ya sean dos o doscientos, se reune alrededor de los mayores para celebrar un año más los días de Navidad.
En el tiempo que nos ha tocado vivir, hemos pasado de la unidad familiar en que padres, hijos, nietos, primos, tíos, cuñados, suegros y abuelos formaban un bloque compacto en el que nadie hacía nada que pudiera contrariar a cualquiera de los componentes de esa unidad, hemos pasado como digo, a un desapego total.
Varias son las causas de esa catástrofe familiar que, en mayor o menor medida, nos ha podido afectar a todos. Primero entró en nuestras casas la televisión, con lo que se empezó con la destrucción de las agradables charlas de sobremesa, después con las meriendas o visitas entre hermanos, cuñados y primos, lo que nos llevó a que sólo nos viéramos en ciertos acontecimientos: aniversarios, bodas, bautizos y demás compromisos que dejaron de ser familiares para pasar a sociales. Más tarde, la compra de viviendas en urbanizaciones alejadas que dificultaban, en gran medida, el desplazamiento. Los teléfonos móviles también tuvieron su parte de culpa porque una llamada es más fácil que una reunión. Y no olvidemos que las costumbres de otros países, que si en algunas cosas nos beneficiaron abriéndonos nuevos horizontes, si que contribuyeron a destruir, en cierta forma, esos lazos que tanto formaban esa unidad.
El consumismo, mal de nuestras actuales vidas, crearon la necesidad de poseer cosas que muy bien podríamos haber pasado sin ellas, si de verdad nos hubiera interesado más la familia que aparentar ante la sociedad que nos rodea, que nos van tan bien las cosas que somos capaces de tener, tal o cual automóvil, casa o frigorífico. Ese sentimiento de posesión nos ha llevado a que la mujer, la madre de familia, núcleo alrededor del cual giraba todo, tuviera, en un principio, que abandonar su importante centro de acción y desplazarlo fuera del hogar a un trabajo, para poder llegar a final de mes.
Los padres ya no comen en casa; los hijos se aparcan en las guarderías o en manos de los resignados abuelos; las madres duplican sus esfuerzos para que todo siga marchando en orden en el hogar. Los matrimonios se desquebrajan; el paro hace su aparición; la crisis nos agobia y es imposible mantener el status que se había soñado; las relaciones se rompen; los niños desubicados se reparten entre varias casas y los abuelos, a los que antes se les respetaban y querían son abandonados en residencias cuando no en gasolineras o estaciones de autobuses.
¿Cómo volver a lo perdido? Solamente me surge una respuesta válida y lógica, tratar de mantener los lazos bien apretados y no dejar que nada pueda romperlos, ni siquiera nuestro egoísmo, nuestra independencia, nuestra dejadez para interesarnos los unos por los otros. Mantener el contacto entre nosotros y siempre alrededor de una cabeza visible que sea la que coordine esa unión.
Tenemos que luchar por volver a nuestros orígenes familiares porque no hay nada más satisfactorio, en esta vida, que ver como los miembros de una familia, ya sean dos o doscientos, se reune alrededor de los mayores para celebrar un año más los días de Navidad.
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